En las últimas décadas, el aumento en la frecuencia de desastres naturales ha emergido como una de las consecuencias más evidentes del cambio climático. Tormentas, inundaciones, sequías y terremotos han golpeado con mayor intensidad diversas regiones del mundo, con efectos devastadores sobre las poblaciones afectadas. Aunque todas las personas se ven afectadas por estos eventos catastróficos, los más pobres sufren de manera desproporcionada. Las vulnerabilidades inherentes a las condiciones socioeconómicas de las personas en situación de pobreza las hacen más susceptibles a los impactos de los desastres naturales, exacerbando las desigualdades preexistentes.

El primer factor que hace que las personas pobres sean más vulnerables a los desastres naturales es la ubicación de sus viviendas. Muchos de los sectores de bajos ingresos se encuentran en áreas de alto riesgo, como laderas, zonas inundables o cerca de costas expuestas a huracanes. Estas viviendas son, en su mayoría, informales o precarias, construidas con materiales de baja calidad, lo que las hace más propensas a colapsar o sufrir graves daños cuando se produce un desastre natural. En cambio, las personas con mayores recursos económicos pueden permitirse construir viviendas más resistentes, en zonas más seguras, lo que reduce su riesgo frente a estos eventos.
Además de la vulnerabilidad física de las viviendas, las personas pobres carecen a menudo de acceso a servicios básicos como el agua potable, el saneamiento adecuado y la electricidad. Estos servicios son esenciales tanto para la prevención como para la respuesta ante desastres naturales. Por ejemplo, las inundaciones pueden contaminar las fuentes de agua potable, lo que aumenta el riesgo de enfermedades. La falta de acceso a infraestructura adecuada dificulta la evacuación, el acceso a atención médica y el suministro de alimentos, lo que pone en mayor peligro la vida de las personas más desfavorecidas.
La capacidad de adaptación y respuesta ante desastres también está estrechamente vinculada a los recursos económicos. Las personas ricas tienen la posibilidad de evacuarse rápidamente, tomar medidas preventivas y acceder a asistencia de emergencia cuando los desastres ocurren. Sin embargo, aquellos que viven en la pobreza no pueden permitirse estos lujos. La falta de recursos les impide buscar refugio adecuado, evacuar a tiempo o recuperar rápidamente sus medios de vida después de una catástrofe. Esto genera un ciclo de pobreza y vulnerabilidad que se agrava con cada desastre natural.
Otro aspecto fundamental es la disponibilidad de seguros. Las personas en situación de pobreza rara vez tienen acceso a seguros contra desastres naturales, lo que significa que deben enfrentar por completo los costos de la destrucción sin ninguna forma de compensación económica. En contraste, las personas más adineradas suelen contar con seguros que les permiten recuperarse más rápidamente y reparar los daños causados por estos eventos. Esta falta de protección financiera obliga a las personas pobres a hacer frente a un nivel de riesgo mucho mayor y a sumirse aún más en la pobreza después de un desastre.
Las personas que viven en la pobreza también enfrentan barreras para acceder a la información y a los sistemas de alerta temprana. Las poblaciones más vulnerables suelen carecer de acceso a medios de comunicación o tecnología que les permita estar al tanto de los pronósticos y advertencias meteorológicas. Esto puede retrasar la toma de decisiones cruciales, como la evacuación o la preparación adecuada. El acceso limitado a la educación y a la información también reduce las posibilidades de que estas personas comprendan y adopten medidas preventivas antes de un desastre, lo que aumenta su exposición a los riesgos.
La pobreza también afecta la capacidad de las personas para participar en la toma de decisiones políticas relacionadas con la gestión de desastres. A menudo, las comunidades pobres no tienen voz en las políticas públicas ni acceso a los recursos necesarios para mejorar sus condiciones de vida. Esto refuerza la exclusión social y económica, dejándolas expuestas a los desastres sin contar con la infraestructura ni el apoyo necesario para mitigar sus efectos. La falta de participación en los procesos de toma de decisiones a nivel local, regional y nacional perpetúa las desigualdades en la preparación y respuesta ante desastres.
Además, la recuperación tras un desastre natural es más lenta y más difícil para las personas pobres. Mientras que las personas con más recursos pueden acceder rápidamente a la reconstrucción de sus hogares y negocios, las comunidades empobrecidas deben enfrentarse a una recuperación más prolongada y costosa. Esto se debe a la falta de acceso a créditos, ahorros personales o apoyo del gobierno. La pérdida de medios de vida, como cultivos, ganado o pequeños negocios, afecta gravemente a estas poblaciones, que tienen menos oportunidades de reponerse y reconstruir lo que se ha perdido.
Finalmente, el aumento de los desastres naturales y su impacto desproporcionado en las personas pobres resalta la urgencia de adoptar enfoques de desarrollo sostenible e inclusivo que tomen en cuenta las vulnerabilidades de estos grupos. La mitigación del cambio climático, la mejora de la infraestructura en áreas vulnerables, el acceso a servicios básicos y la creación de redes de apoyo para las comunidades más afectadas son medidas clave para reducir la disparidad entre ricos y pobres frente a los desastres. Es esencial que las políticas de respuesta y adaptación incluyan a las personas más vulnerables para garantizar que todos tengan las mismas oportunidades de sobrevivir y prosperar en un mundo cada vez más afectado por fenómenos climáticos extremos.
En conclusión, el aumento de la frecuencia de los desastres naturales afecta de manera más severa a las personas pobres debido a una combinación de factores estructurales y socioeconómicos. La exposición a riesgos mayores, la falta de acceso a recursos y servicios, la limitada capacidad de adaptación y la desigualdad en la recuperación refuerzan la vulnerabilidad de las comunidades empobrecidas. A medida que los desastres naturales se vuelven más comunes debido al cambio climático, es fundamental que se implementen políticas inclusivas que protejan a los más desfavorecidos y promuevan un desarrollo más equitativo y resiliente para todos.